Con la llegada del miércoles de Ceniza, el colegio se ha convertido en umbral y camino, en tierra fértil donde dejar caer aquello que pesa y acoger, con manos abiertas, la promesa de lo que está por brotar. La ceniza, leve y silenciosa, ha trazado en nosotros un signo que no se ve solo en la frente, sino que se inscribe en el deseo de volver a empezar.

Bajo la luz serena de las palabras del Papa Francisco —“Caminamos juntos en la esperanza”— avanzamos como quien comparte travesía, sabiendo que cada paso, por pequeño que sea, cobra sentido cuando se da al lado de otros. La Cuaresma se nos ofrece así como un tiempo de pausa habitada, de escucha que ensancha, de mirada que aprende a reconocer la belleza incluso en lo frágil.

Desde nuestro proyecto pastoral, seguimos cuidando esos espacios donde la vida interior encuentra cobijo, donde la palabra se vuelve encuentro y la solidaridad, un lenguaje común que nos hermana. Porque en medio del ruido del mundo, también crecen oasis donde el alma puede respirar.

Hoy, ese soplo se ha hecho especialmente visible en la celebración del Viacrucis en el centro. Hemos recorrido juntos un camino tejido de silencio, de símbolos y de presencia compartida. Nos han acompañado las familias, y entre nosotros han vuelto a hacerse presentes exalumnos, como semillas que un día fueron sembradas aquí y que, al regresar, nos recuerdan que la vida sigue germinando más allá del tiempo y del espacio.

En cada estación, en cada gesto, se ha respirado un ambiente profundamente acogedor, como si el tiempo se detuviera para dejarnos habitar lo esencial: la cercanía, la memoria compartida, el calor de sabernos comunidad. Así, entre pasos lentos y miradas cómplices, hemos comprendido que la esperanza no es una meta lejana, sino una forma de caminar juntos.

Que este tiempo de Cuaresma nos transforme con suavidad, como la lluvia que cala sin hacer ruido, y nos conduzca, unidos, hacia la luz nueva de la Pascua.

¡Que el camino nos encuentre, siempre, en la esperanza!