La Semana de la Familia convirtió el centro en una auténtica cancha abierta, dinámica y humana, donde cada actividad fue un pase que acercó a toda la comunidad educativa. Una programación diversa que permitió jugar en equipo y fortalecer vínculos, aunque hubo una jugada que destacó de manera especial por su carga emocional y su valor educativo.
Como iniciativa puesta en marcha el curso anterior, el centro recibió la visita del equipo visitante, formado por un grupo de adolescentes acogidos en un centro de menores. Con ellos se compartió una jornada de baloncesto que fue mucho más que deporte: fue un partido en el que, desde el primer momento, se jugó con el corazón. El balón comenzó a rodar en una cancha donde se respiró un muy buen ambiente, de esos que no necesitan palabras porque se sienten.
En el juego, las distancias dejaron de existir. Las diferencias quedaron en segundo plano y dieron paso a algo mucho más poderoso: miradas que se entendieron, manos que se tendieron, risas que se compartieron. Cada pase fue un acto de confianza; cada canasta, una celebración colectiva; cada gesto, la confirmación de que cuando se juega en el mismo equipo, todos importan.
Fue una experiencia sencilla en lo deportivo, pero enorme en lo humano, de las que dejan huella sin hacer ruido; una de esas jornadas que recuerdan que educar también es abrir la cancha, sostener el juego y permitir que cada uno encuentre su lugar en él.
Por eso, el centro expresa su deseo de que este partido no se quede en una única jornada, sino que pueda seguir disputándose durante muchas más “temporadas”, manteniendo vivo este encuentro que ya ha demostrado su valor y su capacidad de transformar.
Se agradece a los jóvenes que participaron por su entrega, su actitud y todo lo que aportaron en esta jornada tan significativa, en la que quedó claro que, en el mejor de los partidos, lo importante no es el marcador, sino todo lo que sucede mientras se juega juntos.
